domingo, 6 de octubre de 2013

Un martillo, una rosa, y un tú

Los antiguos decían que existía tres tipos de bienes: los útiles, los deleitables y los honestos. 

Los bienes útiles son aquellos que no se buscan por sí mismos, sino como un medio para conseguir otra cosa. Así, por ejemplo, el herrero utiliza el martillo para forjar el hierro fundido, y al concluir su labor prescinde de él.

Los bienes deleitables son un poco más perfectos, pues se buscan en tanto que otorgan algún tipo de satisfacción. Así, por ejemplo, una rosa de color rojo y de una fragancia intensa, se quiere para admirarla, decorar la casa, y para que lo demás gocen también al verla. Son más que un mero instrumento, aunque el periodo del que podamos disfrutar de ella es también breve.

Los bienes honestos son los más perfectos de todos, pues no se buscan como un medio para otra cosa, ni como un mero objeto de deleite, sino por sí mismos. Es decir, son tan perfectos que no tiene sentido buscarlos anteponiendo una condición: los amamos sin más. Así sucede, por ejemplo, con el cariño de una madre por su hijo, o con el amor entre los esposos: se aman más allá de sus cualidades físicas, porque sus cualidades espirituales lo hacen merecedor de un cariño -o al menos de un respeto- sin condiciones.

            Las personas son lo más perfecto que nos rodea. Merecen ser consideradas, por tanto, como lo que son: un bien honesto, dignas de respeto y admiración, más allá de simpatías o antipatías, o de cualidades físicas que suelen ser muy pasajeras.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Lecciones de la crisis

Hace poco sufrimos una crisis económica de un alcance insospechado. Después de cinco años algunos países aun la padecen, y hay un consenso bastante amplio de que uno de los elementos que la agravó fue la falta de regulación.

Antes de que estallara la crisis, se creía que una excesiva regulación en la economía podría ser nociva. Se partía de la premisa de que el mercado es eficiente y, por tanto, cualquier imperfección en su funcionamiento sería resuelta por una especie de mano invisible. No se sabía cómo intervendría aquella mano invisible para corregir cualquier defecto o injusticia; no obstante, había una confianza casi ciega en su eficacia. Se pensaba que podíamos buscar tranquilamente nuestro beneficio personal, pues el beneficio global ya llegaría de algún modo. Es decir, la suma de los beneficios individuales otorgaría –no se sabe cómo– un bien para la sociedad.

Finalmente hablaron los resultados: aquella mano invisible no hizo su anhelada aparición, y las autoridades debieron intervenir para solucionar las irregularidades. La historia nos recordó entonces una lección olvidada: la espontaneidad no es un guía que conduzca siempre al éxito, si no va acompañada de unas normas que la encaucen. Estamos ahora más dispuestos, por tanto, a sacrificar nuestro interés particular si el bien de los demás lo requiere, aceptando normas comerciales que hagan compatibles nuestro beneficio con el de los demás.

Pues así como la economía es un ámbito de la vida en sociedad que ha de estar regulado, la familia y el matrimonio también han de estarlo. Estos pertenecen al ámbito individual, pero no exclusivamente, pues tienen una repercusión social. Al igual que la economía, no sería razonable abandonarlos en manos de la libre iniciativa. Actualmente se desconocen las consecuencias sociales de la aceptación de cualquier tipo de familia, y no debemos ingenuamente pensar que al aceptarlos los resultados serán –no se sabe cómo– positivos para la sociedad. Aquí tampoco habrá una mano invisible que repare los perjuicios que se siguieran; somos nosotros los que, con unas leyes u otras, damos forma a la sociedad. No parece razonable, por tanto, dar un paso hacia lo desconocido, descargando nuestra responsabilidad en manos de la libre iniciativa, sobre todo en un ámbito tan delicado como es la familia.

martes, 6 de agosto de 2013

¿Estoy en mi Derecho o no?

En nuestra vida gozamos de distintos tipos de bienes, algunos de los cuales no son indispensables para vivir en sociedad (por ejemplo, el practicar un deporte u otro), y otros que en cambio sí lo son (por ejemplo, el aire limpio). Estos últimos, además, estamos dispuestos a protegerlos mediante leyes en algunos casos. Así, si descubrimos que es beneficioso poder circular libremente por las calles para ir al trabajo o de vacaciones, estaremos de acuerdo en una ley de tránsito que lo estipule; y si es conveniente que los propietarios conserven la casa donde viven, no dudaremos en que haya una ley de propiedad; y si estimamos que la salud es prioritaria y contamos con medios económicos para financiarla, dictaremos una normativa que la asegure. En cambio, no se nos ocurriría legislar, por ejemplo, sobre el lugar de veraneo, pues sabemos que unos prefieren el mar y otros el campo, y no nos importa, como ciudadanos, donde veranee nuestro vecino.

Por eso, cuando se discute si un determinado aspecto de la vida en sociedad debe ser legalizado, lo importante es tener claro, primero, si aquello constituye un bien para la sociedad o no. Si es conveniente para todos en cuanto ciudadanos, puede ser legalizado, dado que todos nos beneficiaríamos con ello; pero si se trata de los gustos y preferencias –que legítimamente cada uno puede y debe tener– aquello no basta para que se dicte una ley, pues esta está destinada a lo que conviene a la sociedad como un todo. Al legislar se debe considerar entonces no tanto los intereses individuales, sino el bien de la sociedad. Un ejemplo. Queremos saber si es conveniente o no que el país entre en un conflicto bélico con nuestros vecinos: preguntamos la opinión a los zapateros, a los fabricantes de armas, a los vendedores de comida, a los fabricantes de ropa y a los productores del acero. Tal vez todos ellos estarán de acuerdo en entrar en guerra, por la única razón de que sus productos se consumen abundantemente en periodos de guerra y, por lo tanto, aumentarían sus ventas. Sin embargo, un político sensato no tomaría las armas considerando solo ese punto de vista -aunque ellos constituyan la mayoría- sino que reflexionará sobre lo conveniente para el país en su conjunto.

Actualmente se discute si el matrimonio entre personas del mismo sexo debe legalizarse o no. Pienso que lo primero es reflexionar sobre los beneficios que otorgaría un matrimonio de este tipo, de los que, por cierto, han de participar todos los ciudadanos. Si llegamos a la conclusión de que solo favorece a quienes se casan porque así satisface su interés, no sería suficiente para elevarlo a la categoría de ley; en cambio, si su legalización tuviese una repercusión social positiva, podríamos declararlo como tal.

En las conversaciones que he presenciado, no se habla tanto de la repercusión social que pueda tener la legalización de un matrimonio de este tipo, sino que se dice que es un derecho sin más: que todos somos iguales ante la ley, que el no contemplarlo en la ley es una discriminación, que si alguien piensa así no hay razón para impedírselo, etc. Es decir, se sigue considerando solo el bien particular, que no es el más relevante cuando se trata de dictar una ley.

Algunos, con una visión un poco más global, señalan que un reconocimiento de este tipo fomentaría un clima de respeto hacia todas las personas, y aquello sí constituiría un bien social, y por tanto, sería conveniente legalizarlo. Sin embargo, no parece necesario dictar una nueva ley de matrimonio para que se las respete, como tampoco se dictará una ley que mande respetar a quienes no apoyan a mi equipo de fútbol, a quienes trabajan en otra empresa, a quienes militan en otro partido político o a quienes piensen distinto. Debemos respetarlos porque son personas, lo diga o no la ley.

Pienso que estamos muy acostumbrados a pensar individualmente, y razonamos: “hay mucha gente a la que le gustaría hacer tal cosa (sobre la cual yo no estoy de acuerdo), pero como yo no soy nadie para impedírselo, estoy de acuerdo en que haya una ley que reconozca ese derecho”. A mi modo de ver, ese razonamiento es muy respetable cuando se trata de bienes privados, de gustos y opiniones que no afectan negativamente a los demás; sin embargo, cuando se trata de leyes, el razonamiento no puede ser el mismo, pues esta no busca favorecer a determinados grupos, sino preservar aquello que es mejor para la sociedad.

Pensar a partir de lo mejor para la sociedad, no constituye una discriminación ni una visión egoísta, sino todo lo contrario: es evaluar mis intereses considerando también el bien de los demás, poner por encima de mi interés particular el del país; en definitiva, es pensar cuál es la mejor sociedad que quiero construir.

jueves, 1 de agosto de 2013

Peste negra

En el siglo XIV la peste negra azotó a Europa y se cobró millones de vidas humanas. En aquella época, se pensaba que eran los gatos los que transmitían esa enfermedad, cuando en realidad fueron los ratones. Lo que se hizo entonces fue matar a los gatos, pero al haber menos gatos, se multiplicaron los ratones, y la peste se volvió incontrolable. 

Algunos proponen acabar con la vida de los niños concebidos de una violación, pero aquello es ensañarse con quienes no tienen culpa de ello. Me temo que el resultado sería como el de la peste negra: los responsables de la violación se multiplicarían como ratones, de manera que la medicina sería más nociva que la enfermedad.

lunes, 30 de abril de 2012

Vaguedad: A propósito de Bertrand Russell

No me es fácil opinar sobre una de las mentes más brillantes del siglo XX, pues pienso que a los grandes pensadores se les comprende después de leerlos muchas veces. Por eso, el leerlo y poner por escrito los puntos que llamaron mi atención, me ha obligado a reflexionar más profundamente.

Señala que el conocimiento es un hecho, y en tanto que lo es, no puede ser vago. Es lo que es: un acto distinto de otro. Así también el objeto: es lo que es, distinguible de otros objetos. Cabe vaguedad y error en la relación que el sujeto establezca con el objeto, cuando el pensamiento sobre un objeto se exprese en palabras. La vaguedad y precisión solo pertenecen a la representación de la cosa. Al identificar el objeto y su representación, se convierte al objeto en algo confuso. Según el principio de tercero excluido, no existe algo intermedio entre el ser y el no ser. Las cosas existen con una naturaleza determinada o simplemente no son. Según Russell, este principio es verdadero solo en algunos casos. Cuando se emplean símbolos precisos para referirse a la realidad es verdadero (por ejemplo, los símbolos de la lógica matemática), pero cuando se emplean símbolos vagos (rojo o calvo) es falso. Sin embargo, pienso que este principio es siempre verdadero.

Puede que afrontemos realidades tan vivas y ricas que las palabras sean insuficientes para expresarlo. Simplemente no sabemos cómo. Pienso en el dolor, la pena o la alegría. Sabemos qué son porque lo hemos experimentado. Con solo imaginar un suceso doloroso ya queremos evitarlo, o recordando una alegría quisiéramos volver a ella. Tienen un modo de ser claro, aunque las palabras no sean capaces de expresarlo con exactitud. Están más allá de nuestra capacidad de expresión.

En mi opinión, no es el lenguaje lógico la única herramienta capaz de expresar la realidad. Ciertamente es útil para aclararnos en realidades abstractas y difíciles, al reducir la gran variedad de características a un número más manejable, mediante conceptos. Pero la realidad es más compleja y sobre pasa este lenguaje. Considerar real solo lo conceptual es despojar a la realidad de parte de su riqueza. El lenguaje y los conceptos ciertamente nos revelan la realidad, pero la despojan a su vez de algunos aspectos concretos. Gracias al lenguaje nos conducirnos con soltura en el mundo, pero se debe tener en cuenta que nuestro conocimiento no agota lo conocido. Si no, el lenguaje constituiría por sí solo la medida de la realidad, y deberíamos asumir que existe solo lo expresable lógicamente.

Los símbolos representan una cosa bajo algún respecto. Me parece interesante destacar bajo algún respecto. El símbolo representa un objeto distinto a él en algún aspecto. Cumple su papel de remitirnos a la cosa para conocerla. Esta sí que es precisa, aunque no sea expresable cabalmente por nuestro lenguaje.

Además señala que verdadero y falso solo pueden tener un significado preciso cuando los símbolos empleados son precisos. Así, el juicio "este es un hombre" no es verdadero ni falso, porque en algunos casos no sabemos si un individuo es hombre o no. El motivo aducido es que el concepto es difuso, y por tanto lo es también la verdad y la falsedad del concepto. Sin embargo, pienso que no proviene de una ambigüedad en el concepto, sino de nuestro conocimiento del objeto concreto. En un mundo ideal como el de las matemáticas o la geometría, es posible decir a priori que elementos caben bajo un concepto, pues bajo el concepto de circunferencia, por ejemplo, caben todas las imaginables. Sin embargo, esto es abstracto, porque la circunferencia perfecta existe solo en la mente, como un concepto expresado mediante fórmulas. Pero de muchas otras cosas, la verdad y la falsedad deben verse en lo concreto, y en la medida que el conocimiento de lo concreto se perfecciona, puede establecerse la verdad o falsedad.

viernes, 20 de abril de 2012

Experiencias de un astrónomo: El viraje de la filosofía

Somos testigos de que las ciencias experimentales son cada vez más exactas en explicar la realidad y predecir ciertos fenómenos. El avance científico ha dado respuesta a interrogantes que antes ni imaginábamos responder. Como resultado el afán por saber no se ha extinguido, y surgen preguntas más incisivas y sugerentes: ¿podrán las ciencias explicar toda la realidad?, ¿puede el científico hallar la Verdad enteramente en el camino de la ciencia experimental?

Conocí un astrónomo que estudiaba el universo. Buscaba las causas que confluyeron en la gestación de las galaxias y cómo sus efectos se desarrollaron posteriormente. Elaboraba teorías y recolectaba datos que las sustentasen, aportando así grandes contribuciones a su ciencia. Un buen día, sin embargo, me confió que no todos sus interrogantes estaban resueltas. Le dije que eso era corriente, que tuviera paciencia, pues ya se diseñarían telescopios más poderosos para medir precisamente las observaciones. Me dijo que sí, pero que eso no era todo.

Con el avance de la astronomía –me confió– se esclarecerán muchos interrogantes que ciertamente nos maravillarán. Pero mi ciencia se ocupa solo de las condiciones físicas del universo, y omite el estudio de las causas no observables experimentalmente. Siento que dejo fuera dimensiones importantes de la realidad. Me relató entonces el suceso que un día le llevó a cambiar su modo de pensar.

Una tarde –decía– salí de mi observatorio para marcharme a mi casa. Subí al coche y, cansado del ajetreo de ese día especialmente intenso, encendí la radio para escuchar lo que la emisora transmitiera en ese momento. Era música clásica. Mientras conducía me pregunté: ¿por qué existen las cosas?, ¿por qué hay un orden tan perfecto en la naturaleza y esa asombrosa armonía en el universo? Ciertamente no pensé volver al telescopio para hallar allí la respuesta, me dijo. En ese momento me estaba preguntando por causas más profundas. Me di cuenta de que las imágenes satelitales y las fórmulas tenían su límite: había entrado en el campo de la filosofía.

Entendí que la filosofía se hace este tipo de preguntas: se pregunta el por qué de las cosas. Indaga no solo en las causas materiales, sino también en aquellas que explican algo que no es susceptible de medición. Comencé a estudiarla –continuó– y entendí mejor qué era el ser, la nada, el orden, Dios, realidades que escapaban a la medición exacta del laboratorio. Comprendí que había algo más allá del mundo visible y anterior a él. Junto a eso recordé cosas que en algún momento estudié y ya había olvidado, pero que tal vez era hora de recuperar. Retomé el hábito de la literatura, desempolvé los libros de arte que en algún momento tildé de poco serios, y fui descubriendo el valor de una amistad leal.

Con la astronomía –me confió años más tarde– aprendí cómo funcionaba la realidad, pero con la filosofía, el arte y la literatura aprendí cómo y para qué vivir. Entendí que todas ellas eran complementarias en la búsqueda de la Verdad, que por ser tan rica, sobrepasa lo físico, lo medible. Toda persona –agregó– se pregunta acerca de los temas más profundos, y por eso no debe encerrarse en su mundo. La línea divisoria entre lo medible y lo no medible es borrosa, y al intentar trazarla para separarlos, se limita de paso la riqueza de nuestro conocimiento, y lo que es peor, la riqueza que tiene la vida. Por tanto, afirmar que no hay otra prueba que la observación y la ciencia empírica, es una autolimitación a la posibilidad de conocer, y es en sí misma una afirmación no empírica, sino metafísica.

¿Perdió la filosofía el contacto con la gente?

Hace tiempo la idea que tenía del filósofo era la de una persona despreocupada, que se levantaba por la mañana y salía a la calle despeinado, con calcetines de distintos colores, con una combinación de ropa que era el hazmerreír de la gente. Así al menos lo pintaban los comics de mi colegio, y tal vez por eso elegí no estudiar filosofía inicialmente. Cuando con muy poca convicción tomé mi primer libro de filosofía, pensé que terminaría siendo como ellos. Sin embargo, a poco de leer las primeras páginas mis prejuicios desaparecieron por completo. Era un libro del filósofo griego Platón, que recoge los diálogos que su maestro Sócrates sostuvo con algunos discípulos. Me llamó la atención su cercanía con la gente. Planteaba preguntas que hacían pensar, y sus respuestas eran tan claras y diáfanas, que despejaban dudas sobre temas muy difíciles. Su prodigiosa inteligencia no estaba al servicio de la curiosidad intelectual, sino que pretendía educar a la juventud. Los situaba frente a sí mismos, como frente a un espejo, para que viesen si sus vidas eran acordes con lo que ellos mismos descubrían como verdadero. Sobre todo quería que fuesen buenas personas.

Hoy la filosofía ha pasado un poco de moda. Antes hubo buenos científicos que estudiaron filosofía paralelamente con su ciencia, pero hoy no es tan común. Tal vez los jóvenes buscan una profesión rentable, o tienen poca afición por los libros que no sean de aventuras, o han leído esos comics que caricaturizan a los filósofos. Si se preguntara a los jóvenes si acaso creen que la filosofía es útil para algo, pensamos que muchos dirían que no. Por lo menos, a mí me han preguntado varias veces: ¿para qué estudias filosofía? Les expongo entonces los temas filosóficos que me interesan o les hablo de mis filósofos preferidos. Percibo en sus caras que están descubriendo algo nuevo, porque nunca les habían explicado lo que era la buena filosofía. A veces solo han estudiado lógica o algún área que no les apasionó, y la abandonaron apenas pudieron. Sin embargo, si se les proponen temas sobre los que suelen preguntarse, el interés reaparece.

En el artículo Quine sugiere que la filosofía, como en los tiempos antiguos, sigue interesándose por lo que debe interesarse. Platón y Aristóteles e incluso filósofos más recientes como Descartes y Leibniz eran científicos, y no debe sorprender que los filósofos de hoy se interesen también por estos temas. Si el interesarse en ellos lleva a pensar que la filosofía ha perdido su papel, es un error. Lo que sí es cierto es que el conocimiento ha crecido exponencialmente en el último siglo, y es difícil que alguien ajeno a las ciencias y a la filosofía, se interese o entienda los asuntos que ellas tratan. Según Quine, desde Gottlob Frege y la adopción de la lógica formal, la filosofía se convirtió en una ciencia seria, y quien no entienda ésta no podrá seguir sus argumentos. Nos parece que esto no es del todo correcto, ya que no existe un único método desde el cual abordar los problemas filosóficos. Antes se aplicaba un método y actualmente otro, pero no por eso la filosofía antigua no era ciencia. Pareciera como si por fin hubiera cedido su antiguo rol para convertirse en lo que se esperaba de ella.

Los filósofos deberían tratar los temas que interesan a la gente, mantener encendida esa llama de la sana curiosidad, planteando preguntas profundas y guiando hacia la respuesta. Según nuestro modo de ver, el atractivo de la filosofía está justamente en tratar los temas que atañen a la gente de la calle, y lo que les interesa es un conocimiento para la vida. Por eso, si se presenta la filosofía como una ciencia propedéutica al servicio de las demás, o con un lenguaje y un método complejo que solo unos pocos comprenden, se la despoja de su atractivo. Ese sitio está reservado a la filosofía, y si ella voluntariamente lo abandona, no habrá un candidato apto para reemplazarla. Las ciencias lo intentarán pero no serán capaces de abordar los temas como lo hace el buen filósofo, porque estudian la realidad fraccionándola, miran la realidad cada una desde su punto de vista. Sin embargo, la realidad que vivimos no es así, no está parcelada, es una y nos enfrentamos a ella entera. Se requiere entonces un conocimiento que la aborde en su integridad, que reflexione sobre la vida humana y ayude a descubrir qué tipo de vida es la vida buena. Esto pretendía la filosofía antiguamente y este conocimiento es el que se echa en falta en la sociedad de hoy.