domingo, 6 de octubre de 2013

Un martillo, una rosa, y un tú

Los antiguos decían que existía tres tipos de bienes: los útiles, los deleitables y los honestos. 

Los bienes útiles son aquellos que no se buscan por sí mismos, sino como un medio para conseguir otra cosa. Así, por ejemplo, el herrero utiliza el martillo para forjar el hierro fundido, y al concluir su labor prescinde de él.

Los bienes deleitables son un poco más perfectos, pues se buscan en tanto que otorgan algún tipo de satisfacción. Así, por ejemplo, una rosa de color rojo y de una fragancia intensa, se quiere para admirarla, decorar la casa, y para que lo demás gocen también al verla. Son más que un mero instrumento, aunque el periodo del que podamos disfrutar de ella es también breve.

Los bienes honestos son los más perfectos de todos, pues no se buscan como un medio para otra cosa, ni como un mero objeto de deleite, sino por sí mismos. Es decir, son tan perfectos que no tiene sentido buscarlos anteponiendo una condición: los amamos sin más. Así sucede, por ejemplo, con el cariño de una madre por su hijo, o con el amor entre los esposos: se aman más allá de sus cualidades físicas, porque sus cualidades espirituales lo hacen merecedor de un cariño -o al menos de un respeto- sin condiciones.

            Las personas son lo más perfecto que nos rodea. Merecen ser consideradas, por tanto, como lo que son: un bien honesto, dignas de respeto y admiración, más allá de simpatías o antipatías, o de cualidades físicas que suelen ser muy pasajeras.

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