Los antiguos decían que existía tres tipos de
bienes: los útiles, los deleitables y los honestos.
Los bienes útiles son
aquellos que no se buscan por sí mismos, sino como un medio para conseguir otra
cosa. Así, por ejemplo, el herrero utiliza el martillo para forjar el hierro
fundido, y al concluir su labor prescinde de él.
Los bienes deleitables son un poco más perfectos,
pues se buscan en tanto que otorgan algún tipo de satisfacción. Así, por
ejemplo, una rosa de color rojo y de una fragancia intensa, se quiere para
admirarla, decorar la casa, y para que lo demás gocen también al verla. Son más
que un mero instrumento, aunque el periodo del que podamos disfrutar de ella es
también breve.
Los bienes honestos son los más perfectos de todos,
pues no se buscan como un medio para otra cosa, ni como un mero objeto de
deleite, sino por sí mismos. Es decir, son tan perfectos que no tiene sentido
buscarlos anteponiendo una condición: los amamos sin más. Así sucede, por ejemplo, con el cariño de una madre por su
hijo, o con el amor entre los esposos: se aman más allá de sus cualidades
físicas, porque sus cualidades espirituales lo hacen merecedor de un cariño -o
al menos de un respeto- sin condiciones.
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