Hace
poco sufrimos una crisis económica de un alcance insospechado. Después de cinco
años algunos países aun la padecen, y hay un consenso bastante amplio de que
uno de los elementos que la agravó fue la falta de regulación.
Antes
de que estallara la crisis, se creía que una excesiva regulación en la economía
podría ser nociva. Se partía de la premisa de que el mercado es eficiente y,
por tanto, cualquier imperfección en su funcionamiento sería resuelta por una
especie de mano invisible. No se
sabía cómo intervendría aquella mano invisible para corregir cualquier defecto
o injusticia; no obstante, había una confianza casi ciega en su eficacia. Se
pensaba que podíamos buscar tranquilamente nuestro beneficio personal, pues el
beneficio global ya llegaría de algún modo. Es decir, la suma de los beneficios
individuales otorgaría –no se sabe cómo– un bien para la sociedad.
Finalmente
hablaron los resultados: aquella mano invisible no hizo su anhelada aparición,
y las autoridades debieron intervenir para solucionar las irregularidades. La historia
nos recordó entonces una lección olvidada: la espontaneidad no es un guía que
conduzca siempre al éxito, si no va acompañada de unas normas que la encaucen. Estamos
ahora más dispuestos, por tanto, a sacrificar nuestro interés particular si el
bien de los demás lo requiere, aceptando normas comerciales que hagan
compatibles nuestro beneficio con el de los demás.
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