Somos testigos de que las ciencias experimentales son cada vez más exactas en explicar la realidad y predecir ciertos fenómenos. El avance científico ha dado respuesta a interrogantes que antes ni imaginábamos responder. Como resultado el afán por saber no se ha extinguido, y surgen preguntas más incisivas y sugerentes: ¿podrán las ciencias explicar toda la realidad?, ¿puede el científico hallar la Verdad enteramente en el camino de la ciencia experimental?
Conocí un astrónomo que estudiaba el universo. Buscaba las causas que confluyeron en la gestación de las galaxias y cómo sus efectos se desarrollaron posteriormente. Elaboraba teorías y recolectaba datos que las sustentasen, aportando así grandes contribuciones a su ciencia. Un buen día, sin embargo, me confió que no todos sus interrogantes estaban resueltas. Le dije que eso era corriente, que tuviera paciencia, pues ya se diseñarían telescopios más poderosos para medir precisamente las observaciones. Me dijo que sí, pero que eso no era todo.
Con el avance de la astronomía –me confió– se esclarecerán muchos interrogantes que ciertamente nos maravillarán. Pero mi ciencia se ocupa solo de las condiciones físicas del universo, y omite el estudio de las causas no observables experimentalmente. Siento que dejo fuera dimensiones importantes de la realidad. Me relató entonces el suceso que un día le llevó a cambiar su modo de pensar.
Una tarde –decía– salí de mi observatorio para marcharme a mi casa. Subí al coche y, cansado del ajetreo de ese día especialmente intenso, encendí la radio para escuchar lo que la emisora transmitiera en ese momento. Era música clásica. Mientras conducía me pregunté: ¿por qué existen las cosas?, ¿por qué hay un orden tan perfecto en la naturaleza y esa asombrosa armonía en el universo? Ciertamente no pensé volver al telescopio para hallar allí la respuesta, me dijo. En ese momento me estaba preguntando por causas más profundas. Me di cuenta de que las imágenes satelitales y las fórmulas tenían su límite: había entrado en el campo de la filosofía.
Entendí que la filosofía se hace este tipo de preguntas: se pregunta el por qué de las cosas. Indaga no solo en las causas materiales, sino también en aquellas que explican algo que no es susceptible de medición. Comencé a estudiarla –continuó– y entendí mejor qué era el ser, la nada, el orden, Dios, realidades que escapaban a la medición exacta del laboratorio. Comprendí que había algo más allá del mundo visible y anterior a él. Junto a eso recordé cosas que en algún momento estudié y ya había olvidado, pero que tal vez era hora de recuperar. Retomé el hábito de la literatura, desempolvé los libros de arte que en algún momento tildé de poco serios, y fui descubriendo el valor de una amistad leal.
Con la astronomía –me confió años más tarde– aprendí cómo funcionaba la realidad, pero con la filosofía, el arte y la literatura aprendí cómo y para qué vivir. Entendí que todas ellas eran complementarias en la búsqueda de la Verdad , que por ser tan rica, sobrepasa lo físico, lo medible. Toda persona –agregó– se pregunta acerca de los temas más profundos, y por eso no debe encerrarse en su mundo. La línea divisoria entre lo medible y lo no medible es borrosa, y al intentar trazarla para separarlos, se limita de paso la riqueza de nuestro conocimiento, y lo que es peor, la riqueza que tiene la vida. Por tanto, afirmar que no hay otra prueba que la observación y la ciencia empírica, es una autolimitación a la posibilidad de conocer, y es en sí misma una afirmación no empírica, sino metafísica.
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