viernes, 20 de abril de 2012

Cómo explicar la realidad: Análisis y verdad

Al leer este artículo me vino a la memoria mi experiencia laboral. Antes de venir a Europa trabajaba en una empresa de inversiones, asesorando clientes para invertir en la bolsa de valores. Cuando explicaba los sucesos ocurridos en la semana podía decir: “ha sucedido esto, y las consecuencias han sido estas”. En cambio, cuando pedían mi opinión sobre lo que creía que iba a suceder, la respuesta podía comenzar con un “creo que” o “dadas las circunstancias, estimo probable que”. Eran modos diversos de expresar cosas distintas: unos para referirme a lo sucedido y otros para referirme a lo que podría suceder. No sucedió que alguien objetara este segundo modo de responder y dijera: “eso no puede ser verdad”, pues comprendían que me refería a algo futuro, y no había por tanto algo que objetar. Creían sin embargo en mis comentarios, porque estaba capacitado para decir algo sobre ese tema.

También era frecuente entrar en temas difíciles de explicar, como por ejemplo, los factores que inciden en las tasas de interés, cómo afecta esto al precio de las acciones, cómo reaccionan los mercados ante las noticias inesperadas, etc. No todos los clientes tenían la misma familiaridad con estos temas, y por tanto debía adecuar mis respuestas. A algunos daba una respuesta más sofisticada, mientras que a otros les transmitía lo mínimo. No daba una explicación profunda a todo el que me preguntara, como tampoco resaltaba detalles que consideraba irrelevantes para el oyente. De lo contario, los hubiera confundido o bien no hubieran entendido nada. Se cumplía eso de que en la vida real no se puede responder siempre de un modo simple si es verdadero o falso. Así como un niño pregunta cómo es Francia y su madre le responde: “es hexagonal”, sin entrar en precisiones que complicarían innecesariamente las cosas, yo me limitaba a veces a decir sí o no, con alguna precisión adicional si convenía. En esto no faltaba a la verdad.

Lo que es apropiado decir en determinadas circunstancias, a una determinada audiencia, con unos propósitos e intenciones determinadas, no es fácilmente definible. Como dice Austin “los enunciados se ajustan a los hechos siempre más o menos laxamente, de diferentes formas en diferentes ocasiones, para diferentes intenciones y propósitos”. El discurso ha de ser lo suficientemente flexible para expresar una misma verdad de distinta manera, según la capacidad del oyente. Esto es, a mi modo de ver, un modo inteligente de expresar la verdad sin faltar a ella.

Al leer este artículo y confrontarlo con mi experiencia, descubrí además que no se debe exigir que todo lo dicho tenga un respaldo inmediato. Si así fuese, nuestra posibilidad de expresarnos y captar la realidad sería muy limitada. El lenguaje no se reduce a las expresiones enunciativas cuya comprobación está a nuestro alcance. “Enunciar es solo uno entre los numerosos actos lingüísticos”, pues hay otros actos de habla que también aportan una comprensión de la realidad: son los actos performativos. En estos no solo se dice algo sino que se hace algo, “y por consiguiente no pueden ser verdaderos ni falsos”. Por tanto, la solución al problema de la verdad no debe ser buscada en una simple distinción de verdadero y falso, pues los actos de habla no son siempre circunscribibles a esta categoría. Se ha de enraizar la cuestión en una teoría general del lenguaje, más amplia y que acoja la función enunciativa y performativa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario