viernes, 20 de abril de 2012

Cómo entender la realidad: Pragmatismo y relativismo

Todos tenemos algún conocimiento de lo que es una obra de teatro, sea porque actuamos en alguna siendo niños o porque asistimos como espectadores y nos conmovió especialmente. Sabrán que en la obra de teatro hay una trama que se desenvuelve a lo largo de la actuación, y cada actor con su personalidad peculiar contribuye a desvelarla. Por momentos es el protagonista quien capta la atención del público, pero luego da paso a otros actores, que con sus diversas personalidades dan variedad y colorido a la actuación.

Quienes hayan visto Hamlet concordarán conmigo en que es una obra fascinante. Es la historia de un rey de Dinamarca que muere asesinado por su hermano Claudio para usurparle el trono. El hijo del difunto rey, Hamlet, querrá esclarecer la verdad y vengar este hecho con la muerte del impostor. Claudio, un hombre ambicioso, está dispuesto a realizar lo que sea necesario para conseguir su objetivo. Hamlet, de carácter más melancólico y menos resuelto, fingirá la locura para evitar sospechas y cumplir su propósito. Arrojo, astucia y cinismo se encarnan en los distintos actores de modo asombroso. Tal vez por nuestro temperamento nos identificamos más con un actor que con otro, pero estaremos de acuerdo en que ninguno tiene un papel superfluo. No se nos ocurriría, por ejemplo, sacar de escena a los amigos de Hamlet por el hecho de que no son los protagonistas o porque no congeniemos tanto con ellos. Son importantes porque a través sus diálogos con el protagonista nos revelan los pensamientos de Hamlet. Sin ellos una parte importante de la trama se perdería. Pues bien, si están de acuerdo conmigo en esto, creo que lo estarán también en lo que les expondré a continuación.

Cuando estudiamos la realidad, tal vez nos identificamos tanto con nuestra ciencia, que la creemos capaz de explicar más cosas de las que realmente puede. Podríamos incluso estimar que nada importante ni valioso hay fuera de ella, y lo que queda es cerrarse al diálogo. Pero esto no es lo aconsejable. Sería como ir a ver una obra de teatro, y al congeniar tanto con uno de los personajes, no prestásemos atención a los demás actores. Definitivamente perderíamos una parte importante de la obra. No lo hacemos así, ciertamente, porque sabemos que para disfrutar de la trama hay que escuchar a todos. Pues lo mismo debemos hacer al estudiar la realidad. Esta no se compone solo de medidas físicas, de compuestos químicos, de fórmulas matemáticas, de teorías filosóficas o de lo que competa a nuestra ciencia. Algunas veces es el físico quien tiene algo valioso que decirnos, otras veces es el médico quien nos maravilla con sus descubrimientos, muchas será el historiador quien nos transmita las lecciones de nuestros antepasados para aprender de ellos, y otras tantas será el filósofo quien nos de luz sobre las implicancias de una corriente de pensamiento.

No podemos descargar el peso de explicar toda la realidad en un tipo de ciencia. Debemos compartir la carga, dialogar, alternar, acudir a uno y luego a otro, y descubrir entre todos la trama del conocimiento para también así entender mejor nuestra propia ciencia. Esta postura es más modesta pero al mismo tiempo más eficaz, pues con la variedad de facetas de la realidad y la ampliación del campo del saber, es más necesaria que nunca esta apertura al diálogo, una aproximación experiencial y multidisciplinar a la realidad.

El buen pragmático es quien de buena gana escucha al resto, como quien al salir del teatro comenta la obra con sus amigos para captar los detalles que le pasaron inadvertidos. Nadie pensaría que este diálogo es para que alguien imponga su visión de la obra, sino para desentrañar entre todos el significado y la enseñanza. Así también sucede con la trama de la realidad: hay una única verdad que corresponde a todos descubrir. Con el diálogo accedemos esas áreas de la realidad que otros ya han tenido la oportunidad de explorar, y que amablemente nos ofrecen si estamos dispuestos a escuchar.

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