lunes, 30 de abril de 2012

Vaguedad: A propósito de Bertrand Russell

No me es fácil opinar sobre una de las mentes más brillantes del siglo XX, pues pienso que a los grandes pensadores se les comprende después de leerlos muchas veces. Por eso, el leerlo y poner por escrito los puntos que llamaron mi atención, me ha obligado a reflexionar más profundamente.

Señala que el conocimiento es un hecho, y en tanto que lo es, no puede ser vago. Es lo que es: un acto distinto de otro. Así también el objeto: es lo que es, distinguible de otros objetos. Cabe vaguedad y error en la relación que el sujeto establezca con el objeto, cuando el pensamiento sobre un objeto se exprese en palabras. La vaguedad y precisión solo pertenecen a la representación de la cosa. Al identificar el objeto y su representación, se convierte al objeto en algo confuso. Según el principio de tercero excluido, no existe algo intermedio entre el ser y el no ser. Las cosas existen con una naturaleza determinada o simplemente no son. Según Russell, este principio es verdadero solo en algunos casos. Cuando se emplean símbolos precisos para referirse a la realidad es verdadero (por ejemplo, los símbolos de la lógica matemática), pero cuando se emplean símbolos vagos (rojo o calvo) es falso. Sin embargo, pienso que este principio es siempre verdadero.

Puede que afrontemos realidades tan vivas y ricas que las palabras sean insuficientes para expresarlo. Simplemente no sabemos cómo. Pienso en el dolor, la pena o la alegría. Sabemos qué son porque lo hemos experimentado. Con solo imaginar un suceso doloroso ya queremos evitarlo, o recordando una alegría quisiéramos volver a ella. Tienen un modo de ser claro, aunque las palabras no sean capaces de expresarlo con exactitud. Están más allá de nuestra capacidad de expresión.

En mi opinión, no es el lenguaje lógico la única herramienta capaz de expresar la realidad. Ciertamente es útil para aclararnos en realidades abstractas y difíciles, al reducir la gran variedad de características a un número más manejable, mediante conceptos. Pero la realidad es más compleja y sobre pasa este lenguaje. Considerar real solo lo conceptual es despojar a la realidad de parte de su riqueza. El lenguaje y los conceptos ciertamente nos revelan la realidad, pero la despojan a su vez de algunos aspectos concretos. Gracias al lenguaje nos conducirnos con soltura en el mundo, pero se debe tener en cuenta que nuestro conocimiento no agota lo conocido. Si no, el lenguaje constituiría por sí solo la medida de la realidad, y deberíamos asumir que existe solo lo expresable lógicamente.

Los símbolos representan una cosa bajo algún respecto. Me parece interesante destacar bajo algún respecto. El símbolo representa un objeto distinto a él en algún aspecto. Cumple su papel de remitirnos a la cosa para conocerla. Esta sí que es precisa, aunque no sea expresable cabalmente por nuestro lenguaje.

Además señala que verdadero y falso solo pueden tener un significado preciso cuando los símbolos empleados son precisos. Así, el juicio "este es un hombre" no es verdadero ni falso, porque en algunos casos no sabemos si un individuo es hombre o no. El motivo aducido es que el concepto es difuso, y por tanto lo es también la verdad y la falsedad del concepto. Sin embargo, pienso que no proviene de una ambigüedad en el concepto, sino de nuestro conocimiento del objeto concreto. En un mundo ideal como el de las matemáticas o la geometría, es posible decir a priori que elementos caben bajo un concepto, pues bajo el concepto de circunferencia, por ejemplo, caben todas las imaginables. Sin embargo, esto es abstracto, porque la circunferencia perfecta existe solo en la mente, como un concepto expresado mediante fórmulas. Pero de muchas otras cosas, la verdad y la falsedad deben verse en lo concreto, y en la medida que el conocimiento de lo concreto se perfecciona, puede establecerse la verdad o falsedad.

viernes, 20 de abril de 2012

Experiencias de un astrónomo: El viraje de la filosofía

Somos testigos de que las ciencias experimentales son cada vez más exactas en explicar la realidad y predecir ciertos fenómenos. El avance científico ha dado respuesta a interrogantes que antes ni imaginábamos responder. Como resultado el afán por saber no se ha extinguido, y surgen preguntas más incisivas y sugerentes: ¿podrán las ciencias explicar toda la realidad?, ¿puede el científico hallar la Verdad enteramente en el camino de la ciencia experimental?

Conocí un astrónomo que estudiaba el universo. Buscaba las causas que confluyeron en la gestación de las galaxias y cómo sus efectos se desarrollaron posteriormente. Elaboraba teorías y recolectaba datos que las sustentasen, aportando así grandes contribuciones a su ciencia. Un buen día, sin embargo, me confió que no todos sus interrogantes estaban resueltas. Le dije que eso era corriente, que tuviera paciencia, pues ya se diseñarían telescopios más poderosos para medir precisamente las observaciones. Me dijo que sí, pero que eso no era todo.

Con el avance de la astronomía –me confió– se esclarecerán muchos interrogantes que ciertamente nos maravillarán. Pero mi ciencia se ocupa solo de las condiciones físicas del universo, y omite el estudio de las causas no observables experimentalmente. Siento que dejo fuera dimensiones importantes de la realidad. Me relató entonces el suceso que un día le llevó a cambiar su modo de pensar.

Una tarde –decía– salí de mi observatorio para marcharme a mi casa. Subí al coche y, cansado del ajetreo de ese día especialmente intenso, encendí la radio para escuchar lo que la emisora transmitiera en ese momento. Era música clásica. Mientras conducía me pregunté: ¿por qué existen las cosas?, ¿por qué hay un orden tan perfecto en la naturaleza y esa asombrosa armonía en el universo? Ciertamente no pensé volver al telescopio para hallar allí la respuesta, me dijo. En ese momento me estaba preguntando por causas más profundas. Me di cuenta de que las imágenes satelitales y las fórmulas tenían su límite: había entrado en el campo de la filosofía.

Entendí que la filosofía se hace este tipo de preguntas: se pregunta el por qué de las cosas. Indaga no solo en las causas materiales, sino también en aquellas que explican algo que no es susceptible de medición. Comencé a estudiarla –continuó– y entendí mejor qué era el ser, la nada, el orden, Dios, realidades que escapaban a la medición exacta del laboratorio. Comprendí que había algo más allá del mundo visible y anterior a él. Junto a eso recordé cosas que en algún momento estudié y ya había olvidado, pero que tal vez era hora de recuperar. Retomé el hábito de la literatura, desempolvé los libros de arte que en algún momento tildé de poco serios, y fui descubriendo el valor de una amistad leal.

Con la astronomía –me confió años más tarde– aprendí cómo funcionaba la realidad, pero con la filosofía, el arte y la literatura aprendí cómo y para qué vivir. Entendí que todas ellas eran complementarias en la búsqueda de la Verdad, que por ser tan rica, sobrepasa lo físico, lo medible. Toda persona –agregó– se pregunta acerca de los temas más profundos, y por eso no debe encerrarse en su mundo. La línea divisoria entre lo medible y lo no medible es borrosa, y al intentar trazarla para separarlos, se limita de paso la riqueza de nuestro conocimiento, y lo que es peor, la riqueza que tiene la vida. Por tanto, afirmar que no hay otra prueba que la observación y la ciencia empírica, es una autolimitación a la posibilidad de conocer, y es en sí misma una afirmación no empírica, sino metafísica.

¿Perdió la filosofía el contacto con la gente?

Hace tiempo la idea que tenía del filósofo era la de una persona despreocupada, que se levantaba por la mañana y salía a la calle despeinado, con calcetines de distintos colores, con una combinación de ropa que era el hazmerreír de la gente. Así al menos lo pintaban los comics de mi colegio, y tal vez por eso elegí no estudiar filosofía inicialmente. Cuando con muy poca convicción tomé mi primer libro de filosofía, pensé que terminaría siendo como ellos. Sin embargo, a poco de leer las primeras páginas mis prejuicios desaparecieron por completo. Era un libro del filósofo griego Platón, que recoge los diálogos que su maestro Sócrates sostuvo con algunos discípulos. Me llamó la atención su cercanía con la gente. Planteaba preguntas que hacían pensar, y sus respuestas eran tan claras y diáfanas, que despejaban dudas sobre temas muy difíciles. Su prodigiosa inteligencia no estaba al servicio de la curiosidad intelectual, sino que pretendía educar a la juventud. Los situaba frente a sí mismos, como frente a un espejo, para que viesen si sus vidas eran acordes con lo que ellos mismos descubrían como verdadero. Sobre todo quería que fuesen buenas personas.

Hoy la filosofía ha pasado un poco de moda. Antes hubo buenos científicos que estudiaron filosofía paralelamente con su ciencia, pero hoy no es tan común. Tal vez los jóvenes buscan una profesión rentable, o tienen poca afición por los libros que no sean de aventuras, o han leído esos comics que caricaturizan a los filósofos. Si se preguntara a los jóvenes si acaso creen que la filosofía es útil para algo, pensamos que muchos dirían que no. Por lo menos, a mí me han preguntado varias veces: ¿para qué estudias filosofía? Les expongo entonces los temas filosóficos que me interesan o les hablo de mis filósofos preferidos. Percibo en sus caras que están descubriendo algo nuevo, porque nunca les habían explicado lo que era la buena filosofía. A veces solo han estudiado lógica o algún área que no les apasionó, y la abandonaron apenas pudieron. Sin embargo, si se les proponen temas sobre los que suelen preguntarse, el interés reaparece.

En el artículo Quine sugiere que la filosofía, como en los tiempos antiguos, sigue interesándose por lo que debe interesarse. Platón y Aristóteles e incluso filósofos más recientes como Descartes y Leibniz eran científicos, y no debe sorprender que los filósofos de hoy se interesen también por estos temas. Si el interesarse en ellos lleva a pensar que la filosofía ha perdido su papel, es un error. Lo que sí es cierto es que el conocimiento ha crecido exponencialmente en el último siglo, y es difícil que alguien ajeno a las ciencias y a la filosofía, se interese o entienda los asuntos que ellas tratan. Según Quine, desde Gottlob Frege y la adopción de la lógica formal, la filosofía se convirtió en una ciencia seria, y quien no entienda ésta no podrá seguir sus argumentos. Nos parece que esto no es del todo correcto, ya que no existe un único método desde el cual abordar los problemas filosóficos. Antes se aplicaba un método y actualmente otro, pero no por eso la filosofía antigua no era ciencia. Pareciera como si por fin hubiera cedido su antiguo rol para convertirse en lo que se esperaba de ella.

Los filósofos deberían tratar los temas que interesan a la gente, mantener encendida esa llama de la sana curiosidad, planteando preguntas profundas y guiando hacia la respuesta. Según nuestro modo de ver, el atractivo de la filosofía está justamente en tratar los temas que atañen a la gente de la calle, y lo que les interesa es un conocimiento para la vida. Por eso, si se presenta la filosofía como una ciencia propedéutica al servicio de las demás, o con un lenguaje y un método complejo que solo unos pocos comprenden, se la despoja de su atractivo. Ese sitio está reservado a la filosofía, y si ella voluntariamente lo abandona, no habrá un candidato apto para reemplazarla. Las ciencias lo intentarán pero no serán capaces de abordar los temas como lo hace el buen filósofo, porque estudian la realidad fraccionándola, miran la realidad cada una desde su punto de vista. Sin embargo, la realidad que vivimos no es así, no está parcelada, es una y nos enfrentamos a ella entera. Se requiere entonces un conocimiento que la aborde en su integridad, que reflexione sobre la vida humana y ayude a descubrir qué tipo de vida es la vida buena. Esto pretendía la filosofía antiguamente y este conocimiento es el que se echa en falta en la sociedad de hoy.

Cómo explicar la realidad: Análisis y verdad

Al leer este artículo me vino a la memoria mi experiencia laboral. Antes de venir a Europa trabajaba en una empresa de inversiones, asesorando clientes para invertir en la bolsa de valores. Cuando explicaba los sucesos ocurridos en la semana podía decir: “ha sucedido esto, y las consecuencias han sido estas”. En cambio, cuando pedían mi opinión sobre lo que creía que iba a suceder, la respuesta podía comenzar con un “creo que” o “dadas las circunstancias, estimo probable que”. Eran modos diversos de expresar cosas distintas: unos para referirme a lo sucedido y otros para referirme a lo que podría suceder. No sucedió que alguien objetara este segundo modo de responder y dijera: “eso no puede ser verdad”, pues comprendían que me refería a algo futuro, y no había por tanto algo que objetar. Creían sin embargo en mis comentarios, porque estaba capacitado para decir algo sobre ese tema.

También era frecuente entrar en temas difíciles de explicar, como por ejemplo, los factores que inciden en las tasas de interés, cómo afecta esto al precio de las acciones, cómo reaccionan los mercados ante las noticias inesperadas, etc. No todos los clientes tenían la misma familiaridad con estos temas, y por tanto debía adecuar mis respuestas. A algunos daba una respuesta más sofisticada, mientras que a otros les transmitía lo mínimo. No daba una explicación profunda a todo el que me preguntara, como tampoco resaltaba detalles que consideraba irrelevantes para el oyente. De lo contario, los hubiera confundido o bien no hubieran entendido nada. Se cumplía eso de que en la vida real no se puede responder siempre de un modo simple si es verdadero o falso. Así como un niño pregunta cómo es Francia y su madre le responde: “es hexagonal”, sin entrar en precisiones que complicarían innecesariamente las cosas, yo me limitaba a veces a decir sí o no, con alguna precisión adicional si convenía. En esto no faltaba a la verdad.

Lo que es apropiado decir en determinadas circunstancias, a una determinada audiencia, con unos propósitos e intenciones determinadas, no es fácilmente definible. Como dice Austin “los enunciados se ajustan a los hechos siempre más o menos laxamente, de diferentes formas en diferentes ocasiones, para diferentes intenciones y propósitos”. El discurso ha de ser lo suficientemente flexible para expresar una misma verdad de distinta manera, según la capacidad del oyente. Esto es, a mi modo de ver, un modo inteligente de expresar la verdad sin faltar a ella.

Al leer este artículo y confrontarlo con mi experiencia, descubrí además que no se debe exigir que todo lo dicho tenga un respaldo inmediato. Si así fuese, nuestra posibilidad de expresarnos y captar la realidad sería muy limitada. El lenguaje no se reduce a las expresiones enunciativas cuya comprobación está a nuestro alcance. “Enunciar es solo uno entre los numerosos actos lingüísticos”, pues hay otros actos de habla que también aportan una comprensión de la realidad: son los actos performativos. En estos no solo se dice algo sino que se hace algo, “y por consiguiente no pueden ser verdaderos ni falsos”. Por tanto, la solución al problema de la verdad no debe ser buscada en una simple distinción de verdadero y falso, pues los actos de habla no son siempre circunscribibles a esta categoría. Se ha de enraizar la cuestión en una teoría general del lenguaje, más amplia y que acoja la función enunciativa y performativa.

Cómo entender la realidad: Pragmatismo y relativismo

Todos tenemos algún conocimiento de lo que es una obra de teatro, sea porque actuamos en alguna siendo niños o porque asistimos como espectadores y nos conmovió especialmente. Sabrán que en la obra de teatro hay una trama que se desenvuelve a lo largo de la actuación, y cada actor con su personalidad peculiar contribuye a desvelarla. Por momentos es el protagonista quien capta la atención del público, pero luego da paso a otros actores, que con sus diversas personalidades dan variedad y colorido a la actuación.

Quienes hayan visto Hamlet concordarán conmigo en que es una obra fascinante. Es la historia de un rey de Dinamarca que muere asesinado por su hermano Claudio para usurparle el trono. El hijo del difunto rey, Hamlet, querrá esclarecer la verdad y vengar este hecho con la muerte del impostor. Claudio, un hombre ambicioso, está dispuesto a realizar lo que sea necesario para conseguir su objetivo. Hamlet, de carácter más melancólico y menos resuelto, fingirá la locura para evitar sospechas y cumplir su propósito. Arrojo, astucia y cinismo se encarnan en los distintos actores de modo asombroso. Tal vez por nuestro temperamento nos identificamos más con un actor que con otro, pero estaremos de acuerdo en que ninguno tiene un papel superfluo. No se nos ocurriría, por ejemplo, sacar de escena a los amigos de Hamlet por el hecho de que no son los protagonistas o porque no congeniemos tanto con ellos. Son importantes porque a través sus diálogos con el protagonista nos revelan los pensamientos de Hamlet. Sin ellos una parte importante de la trama se perdería. Pues bien, si están de acuerdo conmigo en esto, creo que lo estarán también en lo que les expondré a continuación.

Cuando estudiamos la realidad, tal vez nos identificamos tanto con nuestra ciencia, que la creemos capaz de explicar más cosas de las que realmente puede. Podríamos incluso estimar que nada importante ni valioso hay fuera de ella, y lo que queda es cerrarse al diálogo. Pero esto no es lo aconsejable. Sería como ir a ver una obra de teatro, y al congeniar tanto con uno de los personajes, no prestásemos atención a los demás actores. Definitivamente perderíamos una parte importante de la obra. No lo hacemos así, ciertamente, porque sabemos que para disfrutar de la trama hay que escuchar a todos. Pues lo mismo debemos hacer al estudiar la realidad. Esta no se compone solo de medidas físicas, de compuestos químicos, de fórmulas matemáticas, de teorías filosóficas o de lo que competa a nuestra ciencia. Algunas veces es el físico quien tiene algo valioso que decirnos, otras veces es el médico quien nos maravilla con sus descubrimientos, muchas será el historiador quien nos transmita las lecciones de nuestros antepasados para aprender de ellos, y otras tantas será el filósofo quien nos de luz sobre las implicancias de una corriente de pensamiento.

No podemos descargar el peso de explicar toda la realidad en un tipo de ciencia. Debemos compartir la carga, dialogar, alternar, acudir a uno y luego a otro, y descubrir entre todos la trama del conocimiento para también así entender mejor nuestra propia ciencia. Esta postura es más modesta pero al mismo tiempo más eficaz, pues con la variedad de facetas de la realidad y la ampliación del campo del saber, es más necesaria que nunca esta apertura al diálogo, una aproximación experiencial y multidisciplinar a la realidad.

El buen pragmático es quien de buena gana escucha al resto, como quien al salir del teatro comenta la obra con sus amigos para captar los detalles que le pasaron inadvertidos. Nadie pensaría que este diálogo es para que alguien imponga su visión de la obra, sino para desentrañar entre todos el significado y la enseñanza. Así también sucede con la trama de la realidad: hay una única verdad que corresponde a todos descubrir. Con el diálogo accedemos esas áreas de la realidad que otros ya han tenido la oportunidad de explorar, y que amablemente nos ofrecen si estamos dispuestos a escuchar.