martes, 6 de agosto de 2013

¿Estoy en mi Derecho o no?

En nuestra vida gozamos de distintos tipos de bienes, algunos de los cuales no son indispensables para vivir en sociedad (por ejemplo, el practicar un deporte u otro), y otros que en cambio sí lo son (por ejemplo, el aire limpio). Estos últimos, además, estamos dispuestos a protegerlos mediante leyes en algunos casos. Así, si descubrimos que es beneficioso poder circular libremente por las calles para ir al trabajo o de vacaciones, estaremos de acuerdo en una ley de tránsito que lo estipule; y si es conveniente que los propietarios conserven la casa donde viven, no dudaremos en que haya una ley de propiedad; y si estimamos que la salud es prioritaria y contamos con medios económicos para financiarla, dictaremos una normativa que la asegure. En cambio, no se nos ocurriría legislar, por ejemplo, sobre el lugar de veraneo, pues sabemos que unos prefieren el mar y otros el campo, y no nos importa, como ciudadanos, donde veranee nuestro vecino.

Por eso, cuando se discute si un determinado aspecto de la vida en sociedad debe ser legalizado, lo importante es tener claro, primero, si aquello constituye un bien para la sociedad o no. Si es conveniente para todos en cuanto ciudadanos, puede ser legalizado, dado que todos nos beneficiaríamos con ello; pero si se trata de los gustos y preferencias –que legítimamente cada uno puede y debe tener– aquello no basta para que se dicte una ley, pues esta está destinada a lo que conviene a la sociedad como un todo. Al legislar se debe considerar entonces no tanto los intereses individuales, sino el bien de la sociedad. Un ejemplo. Queremos saber si es conveniente o no que el país entre en un conflicto bélico con nuestros vecinos: preguntamos la opinión a los zapateros, a los fabricantes de armas, a los vendedores de comida, a los fabricantes de ropa y a los productores del acero. Tal vez todos ellos estarán de acuerdo en entrar en guerra, por la única razón de que sus productos se consumen abundantemente en periodos de guerra y, por lo tanto, aumentarían sus ventas. Sin embargo, un político sensato no tomaría las armas considerando solo ese punto de vista -aunque ellos constituyan la mayoría- sino que reflexionará sobre lo conveniente para el país en su conjunto.

Actualmente se discute si el matrimonio entre personas del mismo sexo debe legalizarse o no. Pienso que lo primero es reflexionar sobre los beneficios que otorgaría un matrimonio de este tipo, de los que, por cierto, han de participar todos los ciudadanos. Si llegamos a la conclusión de que solo favorece a quienes se casan porque así satisface su interés, no sería suficiente para elevarlo a la categoría de ley; en cambio, si su legalización tuviese una repercusión social positiva, podríamos declararlo como tal.

En las conversaciones que he presenciado, no se habla tanto de la repercusión social que pueda tener la legalización de un matrimonio de este tipo, sino que se dice que es un derecho sin más: que todos somos iguales ante la ley, que el no contemplarlo en la ley es una discriminación, que si alguien piensa así no hay razón para impedírselo, etc. Es decir, se sigue considerando solo el bien particular, que no es el más relevante cuando se trata de dictar una ley.

Algunos, con una visión un poco más global, señalan que un reconocimiento de este tipo fomentaría un clima de respeto hacia todas las personas, y aquello sí constituiría un bien social, y por tanto, sería conveniente legalizarlo. Sin embargo, no parece necesario dictar una nueva ley de matrimonio para que se las respete, como tampoco se dictará una ley que mande respetar a quienes no apoyan a mi equipo de fútbol, a quienes trabajan en otra empresa, a quienes militan en otro partido político o a quienes piensen distinto. Debemos respetarlos porque son personas, lo diga o no la ley.

Pienso que estamos muy acostumbrados a pensar individualmente, y razonamos: “hay mucha gente a la que le gustaría hacer tal cosa (sobre la cual yo no estoy de acuerdo), pero como yo no soy nadie para impedírselo, estoy de acuerdo en que haya una ley que reconozca ese derecho”. A mi modo de ver, ese razonamiento es muy respetable cuando se trata de bienes privados, de gustos y opiniones que no afectan negativamente a los demás; sin embargo, cuando se trata de leyes, el razonamiento no puede ser el mismo, pues esta no busca favorecer a determinados grupos, sino preservar aquello que es mejor para la sociedad.

Pensar a partir de lo mejor para la sociedad, no constituye una discriminación ni una visión egoísta, sino todo lo contrario: es evaluar mis intereses considerando también el bien de los demás, poner por encima de mi interés particular el del país; en definitiva, es pensar cuál es la mejor sociedad que quiero construir.

jueves, 1 de agosto de 2013

Peste negra

En el siglo XIV la peste negra azotó a Europa y se cobró millones de vidas humanas. En aquella época, se pensaba que eran los gatos los que transmitían esa enfermedad, cuando en realidad fueron los ratones. Lo que se hizo entonces fue matar a los gatos, pero al haber menos gatos, se multiplicaron los ratones, y la peste se volvió incontrolable. 

Algunos proponen acabar con la vida de los niños concebidos de una violación, pero aquello es ensañarse con quienes no tienen culpa de ello. Me temo que el resultado sería como el de la peste negra: los responsables de la violación se multiplicarían como ratones, de manera que la medicina sería más nociva que la enfermedad.