sábado, 21 de septiembre de 2013

Lecciones de la crisis

Hace poco sufrimos una crisis económica de un alcance insospechado. Después de cinco años algunos países aun la padecen, y hay un consenso bastante amplio de que uno de los elementos que la agravó fue la falta de regulación.

Antes de que estallara la crisis, se creía que una excesiva regulación en la economía podría ser nociva. Se partía de la premisa de que el mercado es eficiente y, por tanto, cualquier imperfección en su funcionamiento sería resuelta por una especie de mano invisible. No se sabía cómo intervendría aquella mano invisible para corregir cualquier defecto o injusticia; no obstante, había una confianza casi ciega en su eficacia. Se pensaba que podíamos buscar tranquilamente nuestro beneficio personal, pues el beneficio global ya llegaría de algún modo. Es decir, la suma de los beneficios individuales otorgaría –no se sabe cómo– un bien para la sociedad.

Finalmente hablaron los resultados: aquella mano invisible no hizo su anhelada aparición, y las autoridades debieron intervenir para solucionar las irregularidades. La historia nos recordó entonces una lección olvidada: la espontaneidad no es un guía que conduzca siempre al éxito, si no va acompañada de unas normas que la encaucen. Estamos ahora más dispuestos, por tanto, a sacrificar nuestro interés particular si el bien de los demás lo requiere, aceptando normas comerciales que hagan compatibles nuestro beneficio con el de los demás.

Pues así como la economía es un ámbito de la vida en sociedad que ha de estar regulado, la familia y el matrimonio también han de estarlo. Estos pertenecen al ámbito individual, pero no exclusivamente, pues tienen una repercusión social. Al igual que la economía, no sería razonable abandonarlos en manos de la libre iniciativa. Actualmente se desconocen las consecuencias sociales de la aceptación de cualquier tipo de familia, y no debemos ingenuamente pensar que al aceptarlos los resultados serán –no se sabe cómo– positivos para la sociedad. Aquí tampoco habrá una mano invisible que repare los perjuicios que se siguieran; somos nosotros los que, con unas leyes u otras, damos forma a la sociedad. No parece razonable, por tanto, dar un paso hacia lo desconocido, descargando nuestra responsabilidad en manos de la libre iniciativa, sobre todo en un ámbito tan delicado como es la familia.