jueves, 22 de octubre de 2015

Derecho a decidir



Es una opinión compartida el que las leyes deben buscar la justicia. Por eso, las normas no deben beneficiar a alguien si aquello constituye un atropello para los demás. No obstante, algunos proponen legislar para ampliar la libertad de las personas, sin analizar previamente si aquello es justo o injusto. Así sucede, por ejemplo, con la interrupción de la vida. Se pretende justificar este acto a partir de la autonomía de la persona, de su derecho a decidir. Sin embargo, no se exponen convenientemente los argumentos que justifican dicho acto, es decir, las razones que muestren que ese acto es justo. Al legislador le compete justamente este aspecto porque debe velar por lo que es justo, y mientras no existan razones que lo demuestren, no debe declararlo legal. 

A veces, se insinúa la necesidad de legalizar determinadas conductas por el hecho de que son una realidad en nuestra sociedad, y no podemos seguir haciendo ojos ciegos. Sin embargo, el robo y el hurto, por ejemplo, son males antiquísimos, y los infractores han tenido sobrados motivos para realizarlo: el deber de alimentar una familia, la falta de trabajo, etc. No obstante, aunque estas razones son atendibles, no estamos dispuestos a legalizarlo, porque sus consecuencias son nefastas para la sociedad, y el mal no debe promoverse ni ampararse bajo la ley. Lo mismo puede decirse de la interrupción de la vida: algunas personas tienen motivos para desearlo; sin embargo, esto no justifica su legalización, pues se cae en una espiral de efectos sociales indeseados.